Un poquitín de nostalgia... Pero también es válido ¡A ver!
Antes de los viajes al oriente… El presente relato contiene múltiples instancias de mi vida que ignoran, pero que en una búsqueda de que conozcan en profundidad algunos aspectos de mi existencia previa, considero pertinente relatarles estos intríngulis; por lo tanto se los comunico en estas letras.
Les cuento algo que ya saben tal vez pero les recuerdo, nací en Palmira, Valle del Cauca; ya aquí permítanme profundizar en ciertas señas del terruño del cual soy oriundo: una ciudad pequeña, donde todos conocen a todos, la novia del uno es la ex novia del otro, el arrabal amargo se vive en cada esquina los viernes en la noche, una ciudad donde aún andan victorias (o coches tirados por caballos) para recorrer el centro, en medio de una jauría de bicicletas por doquier; mejor dicho, un desorden extraño. A la vez es una tierra que da unos contrastes hasta raros; en sus frutos se encuentran desde el Líder de nuestra familia en la fé Jimmy Chamorro, hasta ciertos personajes funestos como alias “Chupeta”, entre estos dos disímiles caracteres calcúlese pues lo que puede haber en el rango medio.
En esa tierra vallecaucana crecí conociendo y aprendiendo a querer la zona rural del departamento. Mi familia paseaba mucho, y a mi me encantaba hacerlo.

Éramos también una cantidad de gente considerable cuando estos viajes a las fincas de campo se daban: padre, madre, hermanas, tíos, primos, tías políticas, tías abuelas, abuelos, padrinos, sobrinos en 2do y 3er grado, amigos de infancia, colados y demás (como en la mayoría de las familias de la región andina de Colombia)… Mejor dicho un gentío bravo, pero el resultado era el mismo: yo disfrutaba mucho del paisaje, de los animales, del ambiente;a ver les doy un repaso de mis actividades de entonces: correteaba y ordeñaba vacas, alimentaba caballos, cargaba loros, huía de gansos y bimbos peligrosos,
le tiraba pedradas a los sapos, acariciaba perros, mimaba gatos, despescuezaba gallinas, recogía huevos de ponedoras, imitaba a los conejos, me quedaba viendo los patos flotar, ayudaba a vacunar terneros, comía carne de chivo en celebraciones especiales y aprendí como se mataban marranos con electricidad; casi que a punto de ser un campesino de por ahí, pero era un niñito muy feliz, realmente eso es lo que recuerdo.
Mis hermanas y yo fuimos muy unidos toda la infancia. Nos divertíamos mucho; yo hacía reír a Jimena todo el tiempo, pero el único Guinness que me gané en esa época fue el de los regaños de mis papás a causa de ella; como andaba a toda hora reída, cuando mi papá exigía silencio en la mesa o en la casa en general ella no paraba, pero la culpa era mía…
Con estas niñas amadas, Ángela y Jimena, jugábamos mil cosas: recuerdo especialmente cuando simulábamos un programa de cocina donde enseñábamos a hacer desayunos, yo era, cómo me les va pareciendo, el flamante experto en “chocolistos”; y también grabábamos un programa de radio en un aparatejo que mi mamá me regaló una vez y que fundó mis profundas e inevitables habilidades de melómano (me gusta tanto escuchar música que paso de Guillermo Portabales a Pink Floyd en un segundo, sin anestesia; siempre tengo una canción en mente para cada ocasión o sensación que se acomoda al soundtrack de mi vida). El programa, se llamaba “Tele González” (a lo cual ahora no le encuentro ningún sentido, porque era para oír no más) y en él decíamos unas cosas muy locas. Yo imitaba los jugadores del América (mi mejor interpretación era la de Ricardo “El Tigre” Gareca, y desde ahí siempre fui llamado así por mi tío Aicardo –que ya no es mi tío, pero eso es de otro costal- y mi primo Freddy Molina, cosa que aún sucede a pesar de la historia)
y ellas dos hacían jingles de diferentes productos como “Papel higiénico Kitacakita”... Si, nos reíamos y la pasábamos muy bien, no se puede ocultar de ninguna manera.
Claro que ellas dos eran mucho más cercanas por esas consideraciones del género, muchas veces emitieron ciertos comentarios en los cuales me tildaban de ser el preferido de mi mamá… Cosa que nunca se pudo comprobar y hasta Jaime (mi padre) mediaba con el consabido sermón de que no hay hijos preferidos.
Hasta que en este año, estando yo en estas distantes tierras asiáticas, mi madre se decidió y lo confesó todo, develando el misterio y terminando así la controversia, por medio de un correo electrónico que casi me parte en dos, el cual creo que mis queridas hermanitas desconocen por completo y que será nuestro secreto (del cual le anexo apartes para que hayan mayores argumentos): “Dicen que las madres queremos muy especialmente a nuestros hijos varones, no se si esto sea cierto, pero en mi caso parece que así fuera... Se que siempre fue motivo de celos de tus hermanas (jejeje) pero es algo inexplicable la ternura y el cariño que tu me inspiras... Así pasaron años y años, ahora te veo convertido en el gran hombre que eres al servicio del Señor.” Si, esta señora bella me ha dado todo, en todo momento de mi vida. Y pues con mis queridillas hermanas ahí si que vaina, les tocó quedarse de segundas (es broma, es broma… ya las veo frunciendo el ceño). Bueno y así siguió la cosa.
Con mi papá la cosa si fue un poco diferente, y más bien para decir las cosas como son acotaría que fue diametralmente opuesta. Un hombre con un carácter difícil, con una historia de vida muy bonita pero que al tener conexión conmigo: full corto-circuito, lo cual siempre me causó altas y bajas en los complicados días de la niñez y de la adolescencia pues el nexo siempre necesario con el caballero de figura paterna muchas veces era nulo. Múltiples intentos por acercarme y tener una relación medio normal con él generaron ciertos gustos atípicos que aún conservo: me gusta la música antillana (especialmente la salsa), me gusta el América de Cali (y después el futbol), me gusta escribir, me gusta la gente, tengo gustos refinados para muchas cosas… Y bueno, con el tiempo, eso es lo que ha sido Jaimito para mí: un gran padre en sus obligaciones (aunque medio regularcito gracias en lo afectivo), pero sé que lo ha intentado con todo lo que su sabiduría se lo ha permitido y que me ama como al que más.
Ahora tengo una relación un poco más cercana con él pero aún gira en torno a los mismos temas de siempre, por ejemplo: -¿Papá, cuándo grabó la Sonora Ponceña “Yambequé”? –Ah eso fue en el 74 cuando firmaron con Tico Records, - ¿Ve, de qué año es la canción “Son de la loma” del
Trío Matamoros? –Ah esa canción es “más vieja que la panela”, como de 1.923; ó hablamos del delantero de turno que no hace goles en “la mechita” (en este momento despotricamos de Adrián Ramos) y la campaña del técnico hacia el futuro (ahora nos ocupamos de Diego Umaña).
Gracias a Dios todas estas relaciones han sido tomadas por Él y a todos los amo con todo mí ser, y oro mucho por ellos y se que poco a poco irán viendo la necesidad de conocer más al Señor y que Él les de la paz, el amor y la tranquilidad que a mi me dio y que ellos pueden necesitar en estos días.
Bueno, en aras de dejar tela de donde cortar, dejemos allí por el momento estos eventos familiares y permitamos que sean ustedes mismos quienes me digan si les parece adecuado que yo hable de estas instancias de mi existencia o más bien dejo esos cueritos bien lejos del sol. No sin antes decirles que todo lo que hoy sucede en mi vida es un sueño, pero que gracias a ciertos momentos de la vida aprende uno a atesorar lo que realmente importa, a poner por obra lo que edifica y se deja de pensamientos inútiles. Por eso me encanta ver que está escrito en primera de Corintios 14:20: que no seamos niños en el modo de pensar, sino en la malicia, pero maduros en el modo de pensar... Me acuerdo con agrado de muchas cosas, y ya en esas andamos en el oriente, madurando espiritual y personalmente con un porvenir que se ve inmenso, y entregado a este Camino que ha hecho que cada paso dado antes se pueda ver como el necesario para haber llegado acá.