Tuesday, February 20, 2007

EL VIEJO DON CESAR

Alboroté mi cabeza con lo recuerdos de la vieja cuadra donde crecimos mis hermanas, mis amigos, nuestras mascotas, nuestros recuerdos y yo; y quedé bastante picado con la chorrera de acontecimientos y personajes que después de terminar el escrito anterior se metieron en mi cabeza, latiendo incesantes, como que no pudieran quedar por fuera de comentario. Así que he debido volverme para plasmar algunas de las cosas que por espacio y correlación tuve que omitir, pero que ahora puedo hacerles saber.

Resulta que en aquella 2da H éramos vecinos de un señor muy amable, muy estimado, muy de todo el viejo. Era oriundo de ese municipio vallecaucano conocido como El Cerrito, y pues tan costumbrista mi viejo querido que hacía lo posible para que la apariencia y el ambiente de su casa (y por ende de nuestra cuadra) no se alejaran mucho de sus recuerdos de juventud.

Se llamaba César, pero como yo fui educado con esa vaina de respetar mayores, le decía Don César (al igual que todos los de la cuadra). El señor era casado con Doña Betsabé, nombre de personaje bíblico que me tomó la mitad de la niñez aprender a pronunciar y la otra mitad en evitar burlarme cuando la veía de frente; vivían allí en la casa que quedaba a la derecha de la mía.

Como dije, Don César era un tipo de costumbres pintorescas, campestres. Y se daba sus mañas para no separarse mucho de ellas mientras vivía en la ciudad. Entonces éramos vecinos de un personaje que se negaba a dejar atrás sus gallinas, sus siembras, sus matas, sus frutas, su arenero, su perrero, y bueno, así más o menos era todo con mi viejo.

Como la terraza de la casa de César colindaba con el patio de la de nosotros, algunas veces que estábamos en el comedor almorzando en familia, veíamos con asombro como una gallinita se paseaba por la sala o por la cocina, y era que las “ponedoras” que tenía César para sacarles huevos frescos caían redondas las muy sonsas muchas veces en el patio de nosotros y empezaban a pasear por ahí, al frente de nuestras narices. Era un espectáculo almorzar con visita de gallina.

Mi mamá nos hacía ir a devolver las gallinas caídas, en vez de armar sendo sancocho de gallina robada, que son los que mejor quedan. Pero bueno, cuando le tocaba el turno (porque así era la ida a devolver las aves de corral) a mi hermana Ángela, verla cargando, fastidiada ella, una gallina para ir a devolverla a la casa de César y Betsabé; era simplemente delicioso pues ella siempre ha sido como descalmadita con la gente ordinaria, por así decirlo; entonces cuando le llegaba su tanda, invariablemente fue una cosa sui generis que gozábamos Jimena, mi otra hermana, y yo.

Además de su gallinero en la azotea, a Don César lo caracterizaba su medio de transporte: un camión Ford 350, modelo 74, el cual primero fue de estacas y azul, donde acarreaba gallinaza (léase mierda de gallina por montones) y luego fue un furgón amarillo, donde transportaba pollitos a cajadas. No se sabe cuál de las dos épocas del camión fue peor para efectos de la salubridad y el bienestar de los vecinos; o sea, nosotros, pues en la era del abono orgánico, era impresionante la fetidez del ambiente que rondaba el garaje de César pues el hombre bajaba su carga temprano de la finca y la hacía pernoctar en su casa, para madrugarse y llevarla a su destino final. Pero esas noches, eran perfumadas y ahora recordadas por esos efluvios de residuos animales.

La época del furgón es a su vez inmortal también. Comentaba que en ese tiempo la carga eran pollos amarillitos, y pues era bonito verlos por las tardes, asomar sus piquitos por los respiraderos del furgón, era lindo ver cuando Don César sacaba uno de las cajas para mostrárnoslo; pero ¡que infierno cuando empezaban a chillar entrada la mañana!; si han oído esa frase (que es anónima –perdonen, es que ya me toca aclarar estas cosas-) “llora más que una caja de pollos”, pues es verídica, pero sumémosle otras 300 cajas de pollos para que se imaginen y puedan recrear como era la bullaranga de los avechuchos neonatos que trasladaba nuestro querido colindante.

El veterano quería más a ese camión que a cualquiera de sus vecinos, eso si era de ahí. No consentía nada con el bendito aparato. Cuando los peladitos jugábamos escondite y esas cosas, el camión era una guarida de lujo pero a la vez era una proeza meterse por ahí. El viejo César siempre estaba con el ojo encima, para emboscarnos y no dejar que nos escondiéramos en su bien más preciado. Porque es que el camión tenía unos sitios inexpugnables para el que le tocaba “contar” en el juego (entiéndase: el que busca a los demás).

Uno se podía meter detrás de las llantas, colgarse de las estacas, encaramarse entre la transmisión y los más aventureros se acostaban en el capó o el techo; mejor dicho, si jugábamos 10, uno “contaba” y los otros 9 podíamos perfectamente encontrar sitio para ocultarnos en el vehículo. Pero Don César acechaba con platonados de agua caliente, o con arengas delatoras para que saliéramos de ahí.

Era una danza repetida sin cesar, tanto que a veces creo que al viejo le gustaba la vaina de esperar la noche a ver cómo nos amargaba las escondidas en el camión. Y bueno, nunca dejamos de hacerlo. Pese a las amenazas intimidantes del vejete ó las muestras contundentes que presentaban algunos caídos en la guerra del agua hirviendo.

¿Cuál es la imagen más recurrente que tengo de Don César? Pues la de un señor curtido por el trabajo y las tradiciones. En mi imagen lo veo sentado al borde del caño que delimitaba la cuadra con el barrio Vipasa, por ahí por el puente peatonal donde se pasaba a Carulla; látigo en mano, arriando al pobre perro de su nieto que se embolató una vez y se quedó perdido, que se llamaba “Troll” (no el nieto, el perro); con la camisa de botones desabrochada para recibir mejor la brisa, y haciendo “quemas” de hojas y basura, como en las mangas de su infancia, con las que ahumaba toda la cuadra por horas. (Esas “quemas”, son una de las cosas más inexplicables que acostumbran los viejos, pues mi abuelo Camilo tenía este hábito y sigo sin entender cuál es la gracia de esa vaina).

Don César se murió tiempo después y en la cuadra se decía que había reencarnado en un árbol de esos que sembró en el antejardín de su casa -porque esa era otra de sus pasiones, sumada a la de andar regando cemento para hacer subidas en los andenes. Pero el chamizo también se secó a los meses, entonces César nuestro vecino, el viejo querido, ahora no es más que el recuerdo del campechano que se trajo El Cerrito para la cuadra. Y en la memoria nos dejó un pedazo.

Julián González-Lema

Tuesday, February 13, 2007

REMEMORANDO LA 2DA H


Los amigos de verdad rara vez los conseguimos cuando estamos mayores, tengo la impresión de que los grandes amigos que tenemos en la vida son los de la vieja guardia. Sí, todos los días conocemos gente, todos los días nos acercamos a más personas dependiendo de la labor que desempeñemos, el carisma que tenemos, lo que estudiamos, y cada día parecieran ser más seres humanos que inundan nuestras vidas, pero muy pocos(o tal vez ninguno) de esa cantidad de gente llegan a ser nuestros verdaderos amigos.
Nuestros amigos siguen siendo los mismos de siempre, pase lo que pase; desde el colegio, desde el barrio, sin importar que tanta agua haya pasado por debajo del puente de la vida que ha trascendido cada uno.
Pasan y pasan los años y uno sigue con los mismos amigos, y si alguno se desaparece, al momento de volvernos a ver, es como si nunca hubiera pasado nada, la conversación sigue en el mismo punto donde se quedó y la retomamos de inmediato.
Recuerdo que cuando llegué a vivir a Cali, yo me conseguí mis amigos aunque no era muy difícil, pues el que más lejos vivía quedaba a cinco casas. Ellos eran: Diego, Juan, René, Miguel, Juan Manuel… con algunos invitados especiales pero que no duraban más de una temporada en nuestro programa, todos ellos con su alias incluido (Motitas, Huyuco, El Chamo, Imbúsul, entre otros). Y los-de-siempre andábamos para arriba y para abajo haciendo cualquier cantidad de ociosidades, en nuestros años de la primaria. Vivíamos en el barrio La Merced, de la ciudad de Cali, en la avenida 2da H. Donde esperamos inútilmente a que se pasara una niña linda que nos robara el corazón y nunca lo hizo, cada vez llegaban más y más viejos, o niñas pero muy niñas y nada que hacer. Nuestra cuadra quedaba al borde del caño que nos separaba de Vipasa, el barrio que se hizo célebre por albergar caletas de gran sofisticación. Aunque anotemos aquí que de la 2da H, mi cuadra, en la casa numerada 45 n 31 al frente de mi hogar, una vez sacaron un arsenal digno de la guerra; sacaron rockets, bazucas, AK- 47 y demás municiones que iban destinadas a la guerrilla del viejo vergajo del Tirofijo, según el noticiero que vi después de que por fin me dejaron entrar a mi casa los soldados que custodiaban, ante la mirada atónita de los vecinos; mejor dicho armas de lo lindo, no les faltó sacar sino al “Lobo del Aire”, qué armamento tan miedoso, qué cantidad de plata tan berraca, pobres barrios, pobres vecinos.
Pero debo volver a hablar de los amigos… Todos fuimos creciendo, y acumulando anécdotas con respecto a nuestras vivencias: tuvimos un “club”, al cual le hicimos una flamante sede en el jardín de mi casa, con tablas, con plásticos, con cartones; mejor dicho, nuestro afamado club terminó siendo un tugurio ni el macho pero lo queríamos, nos albergaba por las tardes cuando nos reuníamos a jugar Super Trumph: esas cartas con fotos e informaciones de aviones, o de camperos, o de motos, donde ganaba el de mejores números. Era una maravilla. Teníamos nuestro club de ocio, para jugar cartas, como los grandes.
Y bueno, fuimos avanzando, poco a poco crecíamos y así también lo hacían nuestras necesidades sociales, ya no podíamos solo salir a ver llover o reunirnos en la casa de alguno a ver cuanto dibujo animado hubiera (porque ¡pilas! no nos perdíamos “Arbegas”, “El Conde Pátula” o los “Muppets Babies”).
Era el tiempo en que queríamos ir a darnos un roce por el barrio, íbamos al parque a montar cicla (a la que llamábamos “burra”) o a alquilar películas en Betavisión –porque Colombia fue territorio Beta- preferiblemente con Jean Claude Van Damme y sus artes marciales para después salir a dar patadas por los aires y a armar campeonatos autorizados, pues nos fuimos volviendo muy duchos en la materia del kick-boxing.
Un día de esos, un viernes social, nos reunimos en mi casa mis amigos y mis dos hermanas. Y empezó la charla de siempre, con la frase de siempre: “Ve, ¿qué hacemos?”… ¡Qué frase más recurrente! Y al eterno debate se le dio rienda suelta… Que alquilemos la “otra” película de Van Damme (sólo tenía 2), que vayamos a Dari a comer Dili, la paleta más económica de la económica heladería del conejo azul (no nos alcanzaba para más), y otras mil ideas. Hasta que decidimos finalmente pedir una pizza en Karen´s, obviamente entre chicos no podíamos pedir otra combinación: ¡hawaiana!
Y si señores, empezamos a armar la vaca. Entre todos, teníamos que reunir los $7.800, que era lo que daba la cuenta en esa época por pizza una mediana con una Coca-Cola litro y medio. Y pues cada uno se propuso a sacar lo que tuviera, los restos de la mesada al final de la semana. Cada uno puso lo que pudo, y Diego, más conocido como Dágallo, se trajo una alcancía que rompimos de un rocazo, para extraerle como $3.400. Pudimos reunir la suma mientras estábamos esperando el domicilio. Pero luego de hacer la vaca, teníamos que resolver un pequeño impasse; el problema que enfrentábamos tenía que ver en ese momento con la vergüenza que le causa a cualquier persona en su etapa de pubertad pagar con monedas (porque en esas edades todo da pena, da boleta)… y más aún, con muchas, muchas monedas. Porque eso era lo que teníamos ¡monedas como un putas!
Dágallo se negaba, pues había sido él quién ofreció en sacrificio el marrano de arcilla para que tuviéramos el capital completo; Juan siempre la montó de cascarrabias entonces nadie se atrevía a decirle nada; mis hermanas y yo argumentábamos que por estar de locales, prestar los vasos y los platos para luego tener que lavarlos, no nos podían poner a pagar; Miguel y Juan Manuel aquel día no estaban… Todos los dedos señalaban a René, que las tenía todas en contra: había puesto como $400 en la vaca, llegó de último, y pues lo peor de todo… era el menor de los presentes y ustedes ya saben como es la suerte del pequeño, todos lo cogen de bate, y efectivamente nuestro René no podía ser la excepción. Le tocaba salir a pagar el domicilio, con las monedas.
Todos lo animamos, que fresco marica, que eso no es nada, que mirá que así practicás matemáticas, que todo el mundo paga en monedas dejá el visaje… pobre muchacho, le sacamos todas las disculpas que pudimos, para ocultar que nos parecía una pesadilla salir a pagar la numerosa cuenta, en semejante cantidad de monedas. Les hablo de la época de las monedas de $10 grandes, las del mapa de San Andrés; las de $20 grandes, con el poporo quimbaya ese; las de $50, con el palacio de justicia y billete de $100 amarillito y de $200 verde claro. Un billetico de $1.000 era lo de más alta denominación que teníamos, del azulito con Bolívar a bordo, que sacamos de las entrañas del puerco de cerámica.
Señores y se llegó el momento, la motico del domicilio llegó y tocó en la puerta de mi casa, donde ya nosotros habíamos preparado a René con una chuspa plástica porque era la única manera de cargar ese bultazo de monedas… Yo me asomé para pedir la cuenta, mejor dicho, para cerciorarme de que habíamos hecho bien el cálculo, porque bueno, cuando René pasara por la pena de pasarle al del domicilio esa tracamanada de monedas, al menos estuvieran completas y saldaran la cifra, para no avergonzarlo más de lo necesario, era nuestra intención.
Entonces salgo y le digo al tipo, con ese desparpajo que se mandan aquellos a los que les sobra el billete: “¿Cuánto es que es, amigo?” Y el man me dice: “$7.800, el domicilio es voluntario”. ¡Uy! No, ese man me dejó frikiado con lo de la propina pero yo le dije que listo, que fresco, que todo bien, y llamé a René, montado en la parafernalia de acaudalado… Me sentía un patrón, cuando hace gestos para que vengan a pagarle la cuenta de lo que acaba de comprarle a la prepago de turno, y llama al lavaperros que anda con el canguro lleno de billetes; lo diferente era que este canguro, no era Louis Vuitton, era una bolsa de Carulla y la plata no era un fajo de billetes sino una alcancía recién inmolada.
Todos expectantes en la ventana, nos arremolinamos para ver al enano de René pasarle al mansito nuestro botín de fin de semana. Y pues tan de malas mi amigo, que se ha tropezado y todas esas benditas monedas han salido a volar por los aires y cayendo en cualquier parte. René y el domiciliario, que no podía creer estar viendo una cantidad de monedas tan impresionante y se olvidaba inmediatamente de la propina, se agachaban a tratar de retenerlas todas; nuestro amigo, consciente de la boleta que estaba pasando, estaba más azarado que nunca pues sentía el escarnio del tipo de Karen´s y el de la gente que pasaba por la calle que se quedaba mirando después del estruendo armado por la caída de las monedas contra el piso.
Una a una recogieron las monedas, y se demoraron como 15 minutos en cuadrar esa bendita cuenta, mientras los demás no podíamos de la risa al ver la suerte del enano; yo creo que si alguien más estaba esperando pedido de ese domiciliario, le llegó un toque maluca la pizzita, porque la demora contando nuestro capital, se prolongó… Aunque después disfrutamos de una comitiva deliciosa, el recuerdo de esa pagada de la pizza con un montón de monedas, hasta el día de hoy está instalado en nuestras memorias de grandes amigos.

Julián González Lema

Tuesday, February 06, 2007

EL PRIMERO, EL PRIMARIO

En mis años mozos aprendí rápidamente que me identificaría de pleno en mis venideros con esa dedicatoria que mentan en una canción vallenata. La expresión dice: “A mi hermano Juancho, que nació pa´ vivir enamorao”. Señores, pues le ponemos Juliancho y da lo mismo. Porque es de no creer tanto amor que me ha brotado por las chicas en mi vida; ahora con la sombra de todos los años que han pasado, me da un poco de de impresión confesar que mi primer beso de amor (porque para mi fue un beso de amor sincero) fue a la corta edad de 5 años. Y desde ahí para acá, muchos han sido dados y recordados (obvio unos menos, otros más; así como a las artífices, pero es que ¿quién se acuerda de todo, ah?).

Y es una historia hasta linda mis queridos. Yo vivía todavía en la Palmira que me vió nacer, como al pseudocantante, pseudoactor, pseudotodo Marcelo Cezán, como al futbolista “Palmira” Salazar, como al mono ese del programa “Sweet” y como al desencaletado “Chupeta”.

Por esas épocas de mi infancia enamorada los coches (esos armatostes tirados por jamelgos, y que para estilizarse algunos les dicen “victorias”) eran como un colectivo, o un taxi, un medio de transporte habitual para ir al centro a hacer una “vuelta”, porque en Palmira todo el mundo tiene que ir al centro a hacer “vueltas”, vayan y verán.

Ahora los coches son una rareza; sólo los encuentra uno en la galería donde compran el mercado las clases menos favorecidas, algunos tacaños y otros conocedores de excelentes sitios para encontrar de todo fresco, barato, artesanal o fabricado, original o robado.

Pero el “target” de los cocheros hoy en día son los pobres, que llevan para la casa el mercado en los coches. Mejor dicho, en la Palmira actual para la mayoría de las personitas nacidas desde la presidencia de Belisario para acá, las benditas “victorias” además de ser escasas y extrañas, son “la boleta, marica… A lo bien”.

Pero lo paradójico es ver que cuando una palmireña se va a casar, el lío es infinito para encontrar un coche y emperifollarlo para que la dama llegue a la iglesia y pueda tomarse hijuemil fotos; ahí si son un artículo indispensable… Cosas de nuestra idiosincrasia ¿no?

Volvamos al tema principal (es que yo me voy desviando mucho, ya me lo dijeron mis profesores en toda la carrera, tranquilos… pero bueno, yo confío en ustedes y su paciencia ¿si? Mejor, ya me estaba hasta exaltando).

Yo estudiaba en ese tiempo palmireño en un jardín infantil llamado Caperucita Roja. Y si les contara como era el uniforme… Es que antes uno ha pasado y superado vergüenzas, pero no, dejemos eso así que me embolato otra vez. En el Caperucita había una niña que empezó a llamar mi atención sobre todas las cosas del jardín de niños: sobre la plastilina, las témperas pelikan, los recreos jugando a Supermán.

Empecé a entender que estaba siguiendo mi destino, me estaba enamorando de esta niña porque me gustaba mucho y, según recuerdo esa emoción, era exacta a la que hasta los días actuales siempre siento cuando alguna mujer me gusta. El arrebato del amor muchachos: manía, locura, obsesión… conductas extrañas.

Cuando la veía empezaba la cosa: era un azar constante, un cuestionario interminable para mis cinco años: qué hago, qué digo, qué pasa si… Bueno, como hoy, pero uno con 5 años se siente más raro porque igual no sabe que eso va a seguir pasando y no sabe que hay un manual para todas esas situaciones que se va aprendiendo con los años; y cuando uno lo maneja se evita varias cosas, se salva de otras y se retira de muchas a tiempo.

Mil cosas se generaban en mi corazón por la niñita esta en cuestión. Recuerdo que se llamaba Claudia Pérez, recuerdo que fue mi primer amor, recuerdo que fue mi primer beso y recuerdo que no la volví a ver porque mi papá progresó y nos trasteamos para Cali (ahí si juzgan ustedes).

Entonces yo iba a clases de kinder a aprender qué color sale de mezclar amarillo con rojo, a aprender a hacer cartulinas con escarchas y todas esas vainas, pero mi cerebrito sólo se esmeraba en aprenderse los gestos, los ademanes, lo que hacía, lo que pintaba, lo que escribía, lo que la hacía reír; mejor dicho, mi kinder era una especialización en todos los detalles de Claudia. Enamorado chicos, sin más ni más.

Las clases de Claudiología en el Caperucita se acababan al mediodía. A esa hora entonces algunos de nosotros teníamos que esperar a nuestros papás en el garaje de la casa (porque aquí anotaremos que jardín infantil que se precie de serlo, ocupa una casa de familia adecuada, lo que quiere decir que uno ve clases en la alcoba principal, lo alivian del mareo por los dulces del recreo en la enfermería-cocina y espera a que lo recojan los padres en el garaje).

Entonces en el garaje sucedió… Esperando a los papás, nos poníamos a jugar cosas propias de los niños de 5 años (y yo con la malicia de los niños de 15). Yo le dije a varios que jugáramos a los perritos y no se qué mas (años después perfeccioné la gama de juegos que servirían para estos fines: al papá y a la mamá, al doctor, al brujo, a la mano peluda… y el mejor de todos: a “Gallito” Ramírez). Y pues claro, la perrera incluía dormida y todo. Me di mis mañas para que la jaulita de Claudia quedara vecina de la mía. Entonces pues bueno, cuando el perrero, (que era otro amigo) nos entró a dormir yo quedé con los ojos abiertos y Claudita se durmió como una cachorrita obediente. Al ver la fuente de mi obsesión tan cera y con los ojos cerrados, hice lo que había visto hacer a Julio Iglesias en un video. Me hice el dormido, muy cerca de su cara. Y ¡táquete, se me salió el lobo, ahí en el Caperucita! me fui hacia su cara y le robé un beso. Pero lo extraño y hermoso, fue que Claudia no se despertó sino hasta que el perrero nos levantó. Y luego, de ladrido en ladrido, llegamos a la “noche” siguiente, y repetimos el beso, que ya no fue robado.

Ahí empezó toda esta avalancha de sensaciones que he experimentado por las damas. Y mi destino está ahí… Nací para vivir enamorado, parece.

Qué cosa mis amigos, qué recuerdo. El del primer beso, el que di convertido en perro (¿y me quedé?)… El primero, el primario.