Tour por Aguaclara. Canoa Style.
Cuando pequeño mis papás nos llevaban a paseos muy a menudo, a diferentes parajes vallecaucanos: al plan, a la cordillera ó al río, este último por allá llegando al mar pacífico (porque ¡qué diversidad que tiene el departamento!). Un tío (que ya no es tío, p
orque era tío político y pues la cosa con mi tía, la sanguínea de verdad, se les acabó) en esas épocas mozas tenía una cabaña por allá por un corregimiento que llama Aguaclara y aquí si déjenme decirles que el país que tenemos (si, Colombia) es una belleza, porque el río que heredó el nombre del corregimiento es el mejor río en el que yo he estado; y eso que además de catador de panes callejeros y ex amante del Coblan del Lleva, soy experto Paseodeollólogo, entonces sé qué estoy hablando cuando les digo que es un bañadero de perlas y no se diga más.
En ese río el rito de comer presa de pollo sentado en roca, arrullado por el sonido de la corriente y pudiéndose limpiar en un charquito de la orilla la grasa avícola que desciende por los dedos, a medida que uno le clava la dentellada al muslito sacado de la olla del sancocho que le ha tocado, no tiene comparación porque el escenario es magnífico. Se que hay otros ríos que merecen capítulos aparte como “Los Ceibos, “Pance” ó “Chorro ´e Plata” pero quedémonos en lo que estamos.
Cuando íbamos a Aguaclara estos paseos eran de numerosos integrantes y modo más bien warrior, por eso nunca me ha parecido ninguna gracia eso de los “realities” de supervivencia pues queda demostrado, con ver a dos tontos tratando de bajar un coco, qué poca experiencia han tenido los participantes de paseos a río con mi familia. Porque para llegar a la cabaña de mi tío-ex -tío había que pasar una que otra peripecia agreste y para poder instalarnos y dormir había que eliminar uno que otro bicho… vertebrado, para mayores señas.
El carro se tenía que quedar parqueado en las calles (qué digo en las calles, ¡en la calle de Aguaclara! Sólo hay una calle por allá) al cuidado de la familia de nuestro guía y mayordomo de viajes, el gran Filemón, un morocho como la mayoría de los morochos, que parece que tiene 40 años desde hace 40 años y empezaba una travesía compleja para llegar al paraíso fluvial del que les hablo.
Al bajarnos del carro y parquearlo en el sitio de siempre (la casa del negro); Filemón, su esposa y sus 18 hijos (cada uno más barrigón y con el ombligo más brotado que el anterior) iban llegando, saludaban con su característico acento del litoral; acto seguido comenzaban a ayudarnos a bajar y trastear con todos los suministros alimenticios, con las maletas y con una que otra cosa extra: flotadores (neumáticos de llantas de volquetas por lo general), neveras de icopor y chucherías diversas de paseo que se respete.
Vigoroso y temerario el guía-mayordomo siempre nos llevaba a nuestro destino desde el parqueadero-patio de su casa. La rutina para llegar a la casa era más o menos así: después de transitar a pie uno que dos kilómetros entre maleza de jungla detrás de los agigantados pasos de Filemón, esquivando asaltos de ofidios, hormigas más grandes que grillos, tallos y hojas algo punzantes, llegábamos a la orilla del río, para ingresar (unas 14 personas) a una canoa con más remaches que un willys 54, ¿peligrosongo? No, pero quién dijo; al abordar este vehículo empezaba la carrera de milla y media hacia la cabañita vía río arriba, claro que cabe anotar que como buenos condenados a la Ley de Murphy, el primer momento que pasábamos en medio de la chispiadera que siempre acompaña el clima del pacífico era justo ese, cuando estábamos montados en la bendita canoa remada contra la corriente por el morocho, desprovistos de artículos que pudieran ayudarnos a evitar que todo se mojara y por ende sus consecuencias; es decir, pan del desayuno con leve sabor a agua por más chuspas que mi mamá le pusiera encima.
Al llegar ya al costado de la corriente del Aguaclara donde estaba la cabaña, descargábamos la canoa con alguna maroma (porque esas canoas si que se mueven caramba) y la orden era quedarnos ahí, mientras veíamos como los papás, los grandes, se iban a despejar la zona, a acabar con las alimañas de rigor una que otra culebra, murciélagos si bastantes, cucarachitas y bichitos bien alimentados entre ellos y ávidos de nosotros, entonces estos intrépidos se iban a llenar la cabaña de un líquido inolvidable por el olor imborrable, específico que le llaman. En tanto que los demás en el borde donde esperábamos la misión éramos presa fácil del depredador implacable de orilla de río: el Tábano ribereño.
Cuando ya nos autorizaban a ingresar a la indómita cabaña, después d
e la tanda de específico y antorchas, después de los gritos por los ataques de roedores siniestros y demás, nos acomodábamos en las habitaciones de la cabañuela de madera, prestos a cualquier novedad animal que pudiera aparecer en arrastre bajo a importunar las charlas, los juegos, las risas bajo las lámparas Coleman de caperuza encendida con gasolina; pero más que todo listos para pasar puentes que eran una verdadera delicia, pero repito, en épocas cuando uno en el país podía ir a esos parajes y los únicos temores que se sentían eran, más que todo escrupulosos, hacia los animalitos salvajes, hacia los bichos asustadores y no hacia otras criaturas, aparentemente humanas, pero considerablemente más peligrosos.
Julián González-Lema
Cuando pequeño mis papás nos llevaban a paseos muy a menudo, a diferentes parajes vallecaucanos: al plan, a la cordillera ó al río, este último por allá llegando al mar pacífico (porque ¡qué diversidad que tiene el departamento!). Un tío (que ya no es tío, p
orque era tío político y pues la cosa con mi tía, la sanguínea de verdad, se les acabó) en esas épocas mozas tenía una cabaña por allá por un corregimiento que llama Aguaclara y aquí si déjenme decirles que el país que tenemos (si, Colombia) es una belleza, porque el río que heredó el nombre del corregimiento es el mejor río en el que yo he estado; y eso que además de catador de panes callejeros y ex amante del Coblan del Lleva, soy experto Paseodeollólogo, entonces sé qué estoy hablando cuando les digo que es un bañadero de perlas y no se diga más.En ese río el rito de comer presa de pollo sentado en roca, arrullado por el sonido de la corriente y pudiéndose limpiar en un charquito de la orilla la grasa avícola que desciende por los dedos, a medida que uno le clava la dentellada al muslito sacado de la olla del sancocho que le ha tocado, no tiene comparación porque el escenario es magnífico. Se que hay otros ríos que merecen capítulos aparte como “Los Ceibos, “Pance” ó “Chorro ´e Plata” pero quedémonos en lo que estamos.
Cuando íbamos a Aguaclara estos paseos eran de numerosos integrantes y modo más bien warrior, por eso nunca me ha parecido ninguna gracia eso de los “realities” de supervivencia pues queda demostrado, con ver a dos tontos tratando de bajar un coco, qué poca experiencia han tenido los participantes de paseos a río con mi familia. Porque para llegar a la cabaña de mi tío-ex -tío había que pasar una que otra peripecia agreste y para poder instalarnos y dormir había que eliminar uno que otro bicho… vertebrado, para mayores señas.El carro se tenía que quedar parqueado en las calles (qué digo en las calles, ¡en la calle de Aguaclara! Sólo hay una calle por allá) al cuidado de la familia de nuestro guía y mayordomo de viajes, el gran Filemón, un morocho como la mayoría de los morochos, que parece que tiene 40 años desde hace 40 años y empezaba una travesía compleja para llegar al paraíso fluvial del que les hablo.
Al bajarnos del carro y parquearlo en el sitio de siempre (la casa del negro); Filemón, su esposa y sus 18 hijos (cada uno más barrigón y con el ombligo más brotado que el anterior) iban llegando, saludaban con su característico acento del litoral; acto seguido comenzaban a ayudarnos a bajar y trastear con todos los suministros alimenticios, con las maletas y con una que otra cosa extra: flotadores (neumáticos de llantas de volquetas por lo general), neveras de icopor y chucherías diversas de paseo que se respete.

Vigoroso y temerario el guía-mayordomo siempre nos llevaba a nuestro destino desde el parqueadero-patio de su casa. La rutina para llegar a la casa era más o menos así: después de transitar a pie uno que dos kilómetros entre maleza de jungla detrás de los agigantados pasos de Filemón, esquivando asaltos de ofidios, hormigas más grandes que grillos, tallos y hojas algo punzantes, llegábamos a la orilla del río, para ingresar (unas 14 personas) a una canoa con más remaches que un willys 54, ¿peligrosongo? No, pero quién dijo; al abordar este vehículo empezaba la carrera de milla y media hacia la cabañita vía río arriba, claro que cabe anotar que como buenos condenados a la Ley de Murphy, el primer momento que pasábamos en medio de la chispiadera que siempre acompaña el clima del pacífico era justo ese, cuando estábamos montados en la bendita canoa remada contra la corriente por el morocho, desprovistos de artículos que pudieran ayudarnos a evitar que todo se mojara y por ende sus consecuencias; es decir, pan del desayuno con leve sabor a agua por más chuspas que mi mamá le pusiera encima.

Al llegar ya al costado de la corriente del Aguaclara donde estaba la cabaña, descargábamos la canoa con alguna maroma (porque esas canoas si que se mueven caramba) y la orden era quedarnos ahí, mientras veíamos como los papás, los grandes, se iban a despejar la zona, a acabar con las alimañas de rigor una que otra culebra, murciélagos si bastantes, cucarachitas y bichitos bien alimentados entre ellos y ávidos de nosotros, entonces estos intrépidos se iban a llenar la cabaña de un líquido inolvidable por el olor imborrable, específico que le llaman. En tanto que los demás en el borde donde esperábamos la misión éramos presa fácil del depredador implacable de orilla de río: el Tábano ribereño.
Cuando ya nos autorizaban a ingresar a la indómita cabaña, después d
e la tanda de específico y antorchas, después de los gritos por los ataques de roedores siniestros y demás, nos acomodábamos en las habitaciones de la cabañuela de madera, prestos a cualquier novedad animal que pudiera aparecer en arrastre bajo a importunar las charlas, los juegos, las risas bajo las lámparas Coleman de caperuza encendida con gasolina; pero más que todo listos para pasar puentes que eran una verdadera delicia, pero repito, en épocas cuando uno en el país podía ir a esos parajes y los únicos temores que se sentían eran, más que todo escrupulosos, hacia los animalitos salvajes, hacia los bichos asustadores y no hacia otras criaturas, aparentemente humanas, pero considerablemente más peligrosos.Julián González-Lema







