Tuesday, July 31, 2007

Tour por Aguaclara. Canoa Style.

Cuando pequeño mis papás nos llevaban a paseos muy a menudo, a diferentes parajes vallecaucanos: al plan, a la cordillera ó al río, este último por allá llegando al mar pacífico (porque ¡qué diversidad que tiene el departamento!). Un tío (que ya no es tío, porque era tío político y pues la cosa con mi tía, la sanguínea de verdad, se les acabó) en esas épocas mozas tenía una cabaña por allá por un corregimiento que llama Aguaclara y aquí si déjenme decirles que el país que tenemos (si, Colombia) es una belleza, porque el río que heredó el nombre del corregimiento es el mejor río en el que yo he estado; y eso que además de catador de panes callejeros y ex amante del Coblan del Lleva, soy experto Paseodeollólogo, entonces sé qué estoy hablando cuando les digo que es un bañadero de perlas y no se diga más.
En ese río el rito de comer presa de pollo sentado en roca, arrullado por el sonido de la corriente y pudiéndose limpiar en un charquito de la orilla la grasa avícola que desciende por los dedos, a medida que uno le clava la dentellada al muslito sacado de la olla del sancocho que le ha tocado, no tiene comparación porque el escenario es magnífico. Se que hay otros ríos que merecen capítulos aparte como “Los Ceibos, “Pance” ó “Chorro ´e Plata” pero quedémonos en lo que estamos.
Cuando íbamos a Aguaclara estos paseos eran de numerosos integrantes y modo más bien warrior, por eso nunca me ha parecido ninguna gracia eso de los “realities” de supervivencia pues queda demostrado, con ver a dos tontos tratando de bajar un coco, qué poca experiencia han tenido los participantes de paseos a río con mi familia. Porque para llegar a la cabaña de mi tío-ex -tío había que pasar una que otra peripecia agreste y para poder instalarnos y dormir había que eliminar uno que otro bicho… vertebrado, para mayores señas.
El carro se tenía que quedar parqueado en las calles (qué digo en las calles, ¡en la calle de Aguaclara! Sólo hay una calle por allá) al cuidado de la familia de nuestro guía y mayordomo de viajes, el gran Filemón, un morocho como la mayoría de los morochos, que parece que tiene 40 años desde hace 40 años y empezaba una travesía compleja para llegar al paraíso fluvial del que les hablo.
Al bajarnos del carro y parquearlo en el sitio de siempre (la casa del negro); Filemón, su esposa y sus 18 hijos (cada uno más barrigón y con el ombligo más brotado que el anterior) iban llegando, saludaban con su característico acento del litoral; acto seguido comenzaban a ayudarnos a bajar y trastear con todos los suministros alimenticios, con las maletas y con una que otra cosa extra: flotadores (neumáticos de llantas de volquetas por lo general), neveras de icopor y chucherías diversas de paseo que se respete.
Vigoroso y temerario el guía-mayordomo siempre nos llevaba a nuestro destino desde el parqueadero-patio de su casa. La rutina para llegar a la casa era más o menos así: después de transitar a pie uno que dos kilómetros entre maleza de jungla detrás de los agigantados pasos de Filemón, esquivando asaltos de ofidios, hormigas más grandes que grillos, tallos y hojas algo punzantes, llegábamos a la orilla del río, para ingresar (unas 14 personas) a una canoa con más remaches que un willys 54, ¿peligrosongo? No, pero quién dijo; al abordar este vehículo empezaba la carrera de milla y media hacia la cabañita vía río arriba, claro que cabe anotar que como buenos condenados a la Ley de Murphy, el primer momento que pasábamos en medio de la chispiadera que siempre acompaña el clima del pacífico era justo ese, cuando estábamos montados en la bendita canoa remada contra la corriente por el morocho, desprovistos de artículos que pudieran ayudarnos a evitar que todo se mojara y por ende sus consecuencias; es decir, pan del desayuno con leve sabor a agua por más chuspas que mi mamá le pusiera encima.
Al llegar ya al costado de la corriente del Aguaclara donde estaba la cabaña, descargábamos la canoa con alguna maroma (porque esas canoas si que se mueven caramba) y la orden era quedarnos ahí, mientras veíamos como los papás, los grandes, se iban a despejar la zona, a acabar con las alimañas de rigor una que otra culebra, murciélagos si bastantes, cucarachitas y bichitos bien alimentados entre ellos y ávidos de nosotros, entonces estos intrépidos se iban a llenar la cabaña de un líquido inolvidable por el olor imborrable, específico que le llaman. En tanto que los demás en el borde donde esperábamos la misión éramos presa fácil del depredador implacable de orilla de río: el Tábano ribereño.
Cuando ya nos autorizaban a ingresar a la indómita cabaña, después de la tanda de específico y antorchas, después de los gritos por los ataques de roedores siniestros y demás, nos acomodábamos en las habitaciones de la cabañuela de madera, prestos a cualquier novedad animal que pudiera aparecer en arrastre bajo a importunar las charlas, los juegos, las risas bajo las lámparas Coleman de caperuza encendida con gasolina; pero más que todo listos para pasar puentes que eran una verdadera delicia, pero repito, en épocas cuando uno en el país podía ir a esos parajes y los únicos temores que se sentían eran, más que todo escrupulosos, hacia los animalitos salvajes, hacia los bichos asustadores y no hacia otras criaturas, aparentemente humanas, pero considerablemente más peligrosos.

Julián González-Lema

Friday, July 27, 2007

Mi hada de la risa

Para seguir con el género blogístico que he fundado, denominado “género de panadería”, vuelvo a escenificar este post en una de estas; espacios virtuosos caracterizados por la gran cantidad de parva que ofrecen, pero sobretodo por la capacidad de generar insólitas situaciones en medio de pandeyucas, arepas y buñuelos. Como vimos en “Después de mucho”.
Esta vez el recuerdo me lleva a Palmira, Valle. A la panadería por excelencia, la mejor panadería que recuerdo, y eso que soy un experto catador callejero de panes, de quesos y demás, la “Leal Ostín”, que ahora sólo le dicen “La Leal” pero que en las épocas en las que busco este recuerdo era llamada por todos los miembros de mi familia materna “Pan Ostín”.
Esta panadería está ubicada en el barrio Obrero, en una esquina como todas las panaderías buenas; enfrente de la tienda del famoso Mono Barrios, sitio donde se presentan y presentaron inmarcesibles rascas de connotados y no tan connotados palmiranos, bajo la influencia del nunca escaso “Blanco del Valle”.
“Pan Ostín” era paso obligado cuando íbamos a los de mi casa a visitar a mi abuela Aura en Palmira, la que vivía a la vuelta de mi tío Toño; es decir, la panadería quedaba en la mitad del trayecto entre Aura y Toño. Lo cual facilitaba todo para terminar comprando pandebonos al por mayor para comer con chocolate donde Aura, o para irnos “de paseo” todos los primos a comer arepa con queso grasosa. Porque con mil pesos comíamos como 6, y quedábamos a punto de estallar, y no es tan lejana la época, la plata en “Pan Ostín” rendía bastante.
En cierta ocasión estábamos sentados en una mesa para 4, los seis primos de ocasión: mis dos hermanas y yo, Luisa y Claudia (hermanas entre ellas) y Camilo (el de “No contábamos con…” de este mismo blog). Departíamos una tarde soleada de domingo hablando de nuestros temas favoritos, banalidades en general sobre cualquier cosa, haciendo apuntes de temas varios entre todos, y pues unos iban saliendo más graciosos que otros entonces reíamos a mandíbula batiente.
Luisa, mi prima pequeña, mi hada de la risa, nos escandalizaba con sus carcajadas producto de todo lo que decíamos; era fácil hacerla reír, cualquier comentario, cualquier imitación, cualquier chascarrillo desarrollaba en ella momentos de risas incontenibles desencadenando su ahogo y llanto.
Se gozaba barato con la niña porque eran contagiosas todas esas risotadas estridentes en medio de la francachela. Cuando terminaba ella de reír de alguno de los chistes de momento, volvía a la serenidad y podía continuar con la ingesta de arepa con gaseosa, mientras contenía las lágrimas de la última ráfaga de carcajeo.
Aunque no por mucho tiempo porque inevitablemente una nueva ocurrencia (mía precisamente) nos permitió ver cómo un efluvio involuntario y masticado de la risa de Luisa volaba por los aires y era compartido con los transeúntes en general de la agradable panadería. Estas reacciones suyas eran cosa de cada 8 días, siempre los que terminaban más damnificados después de esas explosiones de pedazos de arepa a medio deglutir de Luisa eran los que se sentaban frente a ella (yo estratégicamente siempre me hacía paralelo) pues quedaban con los rostros decorados de gaseosa y submarinos.
Pero igual éramos pequeños, éramos primos y nuestras charlas y risas continuaban a pesar de los espontáneos momentos de Luisa que ponían notas altas en nuestras memorias.
Llegó entonces el día que nos dejó marcados, precisamente esa tarde la risa de Luisa degeneró en una incontenible micción en medio de la amada panadería. Nadie creyó pero sembró inmensas dudas cuando su gesto cambió de alegría a consternación absoluta y ya no cabían muchas cuando le decía a Claudia “hermanita, hermanita, me oriné”. Punto en el cual yo me agaché a ver y, señoras y señores, efectivamente debajo de Luisa se fundaba un nuevo yacimiento de agua amarillenta. Después de lo cual nos alarmamos a más no poder, y Luisa paralizada encima de su charquito tenía una mueca indescifrable: entre llanto y risa, entra asco y dolor.
Yo cogí el pan del mandado y salí corriendo sin pensar en nada más; si amigos, vendí a mis familiares, no quería estar presente en el momento en que alguna de las trabajadoras de la panadería viniera a ver ese desastre o peor, a que otro comensal se sentara en la silla emparamada después de mi primita. Por lo cual llegué a millón donde mi abuela, entregué la orden de pan de mil y esperé por los otros; uno a uno fueron llegando para comprobarme que si, que lo que yo vi era cierto, nuestra prima se había orinado en medio de la mejor panadería de Palmira. Luisa, Luisita llegó a donde la abuela miada de la risa.

Julián González-Lema

Thursday, July 26, 2007

Después de mucho…

Ole y después de mucho, a petición de mis lectores, esos 8 pelafustanes de siempre, que han estado como insistentes con la cosa de que escriba las anécdotas que recordamos, de las que nos reímos cuando nos reunimos a tertuliar al calor de cafésconleches ya tan clásicos en las rutinas de algunos, pues ha llegado la hora… Espero pues que el preámbulo pseudo-nostálgico no haya echado por la borda la atención de los dos nuevos que llegaron por equivocación o por recomendación de alguno de mis convidados asiduos a leer estas notas.

Una cerveza tras otra en una panadería: beber en panadería es algo tan aberrante como tomar yogur con pitillo. Pero bueno, ahí estaba con mi amigo de bebeta (llamémosle Alejo a mi intrépido acompañante). Tomándonos unas “chelas” en las épocas en que no era alcohólico, en las épocas en las que no había dejado de serlo tampoco.
Motivo: despecho (No es difícil deducir). Personaje: Karinita (novia del colegio y primeras notas universitarias). Nick Name: Jodie Foster.

Tenaz. Los recuerdos de uno de mis primeros despechos en la vida, al calor de unas cervezas, y de un horno terminando unas almojábanas. Acompañado de aquel que llamamos Alejo, mi psicólogo de cabecera, que lo fue desde aquella época hasta unas más cercanas pero que perdió el puesto por las lejanías, por el mal ejemplo y porque ahora tengo otro mejor por allá en el cielo. (Bueno, los que llegaron hasta aquí, ¡nada de llanto pues! Conténganse).

Alejo me pedía una explicación de los hechos, los cuales a la luz de los años y de la vergüenza evitaré comentar; sólo se que había sido una pelea de novios, de las bravas, de las de “no me volvás a llamar”, “estoy harto de vos”, “me asfixiás”, “dejame tranquilo mi espacio” y demás delicias de las discrepancias de pareja juvenil. Cuando uno cree que todo se va a acabar por dejarse de ver tres días, cuando uno siente que después de esa chiquilla no hay nada más.

Entonces yo arranqué cerveza en mano, mirada distante, ceño fruncido, a reconstruir la historia y a deconstruir las causas junto a mi sicólogo-alcahuete una y otra vez, porque señoras y señores, esa es la cualidad que identifica a un “entuzado” no lo dude: repite una y otra vez, con pelos y señales el evento indeseado, el acto irrevocable; ese que le repica entre los ojos, el que duró unos segundos y se tiró una historia de años (una frase, un madrazo, un trapito al aire intocable, un gesto). Momentos irracionales (sistemáticamente irracionales) entre esas parejitas apegadas como chicle a jean nuevo.

Yo contaba y recontaba, Alejo se oponía a mis deducciones, imponía sus puntos de vista y el encendido debate de causas y efectos del amor enfermo secaban nuestras gargantas, por lo cual nuevas parejas de cervezas llegaban a la mesa mientras doña Ruca pasaba con los huevos, Parmenio “el guachimán” llevaba el mandado de los Manrique y los niñitos compraban chicles “Motitas”.

Muchas opiniones, muchas reflexiones y muchas cervezas después nuestra mesa de desayunos no tenía nada que envidiarle a una de esas que se pueden ver en cualquier fonda de corregimiento de la meseta cundiboyacense: forrada de botellas vacías, porque a la usanza de los boyacos nos dio por no dejar quitar los envases de ahí. Es un método ideal para esclarecer bien las cuentas cuando los sentidos empiezan a desaparecer, eso han dicho. Pero pues no falta el que pasa y le deja a uno el envase vacío de su consumo y se aprovecha de la nobleza de un par de panelistas del show de Cristina en una panadería.

Después de un guacal entre 2 imberbes de escasos 18 años, el despecho encontró el socio ideal para transformarse en el ridículo (paso inequívoco que sigue a esta combinación mis queridos, no lo pongan en duda y si alguna vez lo hicieron saben de que hablo. Los que no, por favor, una vez más, ¡no lo pongan en duda!*).

Logrando salir por nuestros propios medios (escasos ya) del "bar-panadería", donde nos amenizamos con la extensa charla y las noticias narradas por Jorge Alfredo (porque desde esa época anda el gordo este dando noticias), a mi se me ocurrió la grandiosa idea de llevar una serenata a capella con mi psicólogo-serenatero. Inspirado por las profundidades conceptuales logradas en esa noche de sinceridad y búsqueda de corrección, emprendimos camino hacia la ventana del apartamento 202, bloque 12 que daba hacia la calle; esperanzados en que este gesto sentimental sacado de las viejas estrategias mexicanas del cortejo nos sirviera (o me sirviera a mi, mi fiel escudero si tenía era puras ganas de boletiarse) para recuperar algo de la fe perdida con la amarga disputa de momentos anteriores.

Y embriagados de romanticismo pero más que todo de licor, nos paramos bajo la ventana con luz encendida aún y entonamos la bella canción “Abismo” (ciertamente a eso habíamos llegado) de un grupo llamado Illya Kuryaki And The Valderramas (¿alguien se acuerda de eso, bueno además de ustedes 8?). De principio a fin de los tonos desafinados pero sinceros, sentidos, estuvimos juntos mi querido pseudo-psicólogo-alcahuete-serenatero y yo. Hasta que una vecina salió a darnos un pequeño recorderis de la hora que era, pero ya ni me acuerdo qué horas eran, y también a darnos una pequeña advertencia para que nos fuéramos antes de que llegara la ley, que ella ya había llamado para detener nuestro desorden público. Es que cabe anotar que nuestros cantos son para oídos muy sofisticados, como para el de un murciélago por ejemplo; no muchos pueden apreciar nuestra finura, por eso doña Trina se nos aletió (¡falta de gusto carajo!) y nos tocó huir cual ladrones, pero ¡en nombre del amor! Tratando de evitar el zigzagueo clásico de la embriaguez delante de Trina.

¿Y pues qué más hacíamos? Irnos para la casa de Alejo a dormir la rasca, la faena estaba concluida. Aunque Trina no nos dejó presenciar el desenlace de nuestra serenata, tiempo después supimos que ni la pelada, ni su familia escucharon nuestros delicados acordes. Ese amor tuvo el consabido “comeback” tiempo después pero no duró mucho. Lo que persistió en nuestros recuerdos fue esa bebeta infame de cerveza y su peculiar desenlace en casa de la familia de Alejo.

Llegamos como pudimos a la unidad de mi viejo amigo: esquivando carros, evitando caer al caño, improvisando un mejor estado delante de los vecinos. Nos dirigimos a su casa y allí seguíamos comentando temas, pero sobretodo nos enfrascamos en la remembranza de nuestra presentación, de las notas donde mejor estuvimos, de los pasajes donde entonamos con mayor acierto, felicitándonos el uno al otro por nuestros desempeños. Nos sentíamos bien. Ya era hora entonces de dormir.

Antes de dormir una rasquita de cerveza hay que desaguar abundantemente para prevenir posibles inundaciones del colchón y de la ropa como en las épocas infantiles, cuando uno se embuchaba de tetero con aguapanela y amanecía la camita oliendo a lo que llaman berrinche. Entonces yo fiel a esa consigna me dirigí al baño, abrí la puerta con algo de premura pues ya la vejiga estaba ad portas de un estallido; traté de encender la luz pero no encontré el switch, por lo cual intenté obviarlo y me concentré con lo último de cordura que me quedaba en apuntar a donde mis recuerdos me decían que era la taza. Y si, empecé a escuchar ese sonido inequívoco de haber dado en el blanco. El chorro hacía el sonido acumulativo de estar encharcando atinadamente. Cuando terminé, satisfecho cabe anotar, salí del baño y me acosté.

Y bueno, al otro día me levanté a desayunar en casa de los Eche, como muchas otras veces, a eso de las 12 m; allí estaban esperándome con unas extrañas caras de asombro y yo pensaba que Alejo había comentado los pormenores de nuestro grandioso desempeño musical y me querían felicitar, maravillados por haber descubierto mis dotes ocultos de intérprete. Pero no, lo que había tras esas miradas no era una felicitación, era más bien un pequeño reproche.

Mis obtusos sentidos me habían jugado una mala pasada secuela de la embriaguez; cuando me dirigía al cuarto al que siempre iba a dormir, el cual tenía baño adentro, tuve una pequeña falta de concordancia y terminé entrando al cuarto de enfrente. Y pues según mis cálculos trastornados, conté los mismos pasos de siempre, busqué el interruptor donde siempre y oriné como siempre. Pero como estaba en otra habitación, entré y no vi (mas bien no recuerdo) que allí estaban estudiando dos compañeros de Ana (madre del Alejo y verdadera psicóloga) una de los cuales dormía -afortunadamente- y con la confianza que te da conocer por donde estás andando, abrí la puerta del closet de Alejo (y muy correctamente cerré, para no incomodar) y acerté en una caja de zapatos vacía. Lo cual me redimió de tener que pagar una lavada de alfombra, pero no me liberó nunca del zafio recuerdo de una fuma la berraca, a punta de cerveza y terminada en una desentonada canción que sólo sirvió para que mi amigo Alejo y yo sumáramos la profesión de cantante a la lista de cosas que quisimos y nunca pudimos ser, más que todo por falta de tiempo.

Julián González-Lema

*Despecho sumado a Licor = Ridículo monumental (D+L=RM)