Uno de los animales con los que siempre me he identificado en mi vida es el pato. Pero no porque este tenga muchas cualidades impresionantes o por que me generen alguna condición especial de ternura o qué se yo; sino por esa condición humana de estar siempre del lado del que no tiene opciones de ganar… Como cuando uno ve un partido de fútbol entre Real Madrid y Athletic de Bilbao… La fuerza que uno le hace a ese Bilbao-siempre-perdedor es increíble.
Díganme sino, que cualquiera tiene esas demostraciones de luchar contra la desesperanza repetidamente, uno describe esas instancias donde uno le hace fuerza a lo que no tiene opción razonable de llevarse la victoria. Por eso, pónganle cuidado, desde muy temprano yo seguí la suerte de un pato en especial.
Cuando yo estaba pequeño me veía hasta la saciedad las caricaturas de los Looney Tunes. En ellas mi deseo constante era que el pato Lucas pudiera darle su merecido al confiado y siempre triunfante conejo Bugs… ¡Qué cosa! Nunca se pudo, pero yo siempre estaba del lado del negro Lucas. Lástima que quedara tantas veces con el pico para atrás, con cada tiro que se le salía por la culata.
Y sin notarlo me empezó a seguir la imagen de los patos... Rápidamente en el colegio Hispanoamericano, como a la mayoría de los niños (Hola Orson, hola Manique, hola Bruhita, hola Mañé, hola Cabezón...) me llegó el momento de recibir mi apodo: si, muchas personas en esas épocas colegiales solían llamarme “Pato”. No sé, nunca se sabe muchos de los apodos de donde salen, pero bueno si se sabe que comienzan a degenerarse y cualquier apelativo cercano se usa. Tengo el caso de mi primo Camilo: su nombre se transformó una vez de juegos en “Chumilo”, lo que se esparció por toda la comarca palmireña, pero que se descompuso en una cantidad de palabrejas empezadas por “Chu”: Chupo, Chupete, Chupeta, Chupetín y demás pero siempre fue el más admirado el que le clavó mi abuela Aura antes de partir a la presencia de Dios. La dama de 7 décadas le articuló un flamante ¡“Chamizo”! Bueno, a mi me pasó algo parecido: después de “Pato” me montaron “Pátula” por aquel vegetariano pato vampiro de las caricaturas de antaño, ese que andaba con su Nana de mano vendada y su fiel jorobado mayordomo (o muchacho del servicio) Igor.
En el Valle del Cauca es muy usual llamar “patos” a los que no están invitados, a los colados, a los que meten la cucharada a donde no los han llamado. Pero bueno, pues de entrometido yo si no tengo un pelo.
Ya volviendo al animal podríamos preguntarnos aquí si los paticos tienen su gracia escondida ¿no? Pues para saber si corren con la suerte de osos, conejos, ratones, que gozan de buena reputación cuando se presentan como peluchitos encima de una cama para abrazarlos... habría que hacer investigaciones a ver.
Sólo les recuerdo que hay personalidades con muy buena reputación: el “Pato” Abbondanzieri, aquel legendario arquero de Boca Juniors; Rico Mc Pato, el más solvente de todos de los plumíferos; el “Pato Purific”, que ha hecho de la higiene sanitaria un arte aromatizante; el pato de mi abuelo, que le evitó incómodas salidas nocturnas al baño; es que si, el pato es el pato.
Con decir ahora que desde mi infancia andaba yo detrás de la imagen de estos emplumados con este detalle extra: fue el primer avichucho que aprendí a dibujar (¡qué dibujar! Garabatear si mucho). Era muy fácil pues sólo debía decorar algo que ya había aprendido en pre-kinder: el número dos, número querido, número bendito. Silueteaba yo el primer número par, luego le ponía un pico, un ala voladora y una cola adornada y ¡llisto Medellín! Tenía completica la tarea de manualidades del jardín Caperucita Roja.
Pero no crean que esto no tenga ilación con la actitud del blog. No, ni más faltaba.
Aquí está el desenlace: cuando el bendito pato Lucas siempre perdía, quedaba en ridículo, se moría de la rabia y con el sempiterno pico para atrás; la actitud del conejo Bugs era la contraria…Contenta, confiada… Como cuando uno sabe lo que viene, como cuando uno está seguro de lo que tiene, como cuando uno reconoce la respuesta proveniente del cuadro siguiente y no se inmuta.
El pato Lucas, el pato que más me hizo reír de pequeño porque en sus fatalidades era comiquísimo, me dejó recuerdos buenos; pero ahora veo que el conejo Bugs... era él que la tenía clara porque estaba sustentado por algo mayor a él: a ese conejo las leyes físicas no le aplicaban, los desenlaces “lógicos” no le hacían mella, los momentos difíciles se le desvanecían mientras se comía una zanahoria. Y como ese conejito animado la tenemos que tener clara nosotros, digo yo; si, día a día nuestra vida tenemos que afrontarla con fe en el corazón. Así vamos a pasárnosla a lo Bugs, de triunfo en triunfo. Gracias a esa actitud del corazón, a esa certeza de lo que se espera, a esa convicción de lo que no se ve. ¿Y el pato?... ahí a un ladito.



2 comments:
Increible que la historia del pato haya tenido finalmente una aplicacion teoterapica!! Estuvo muy buena Biu!!
Biu que bueno que tu pato interior ya tiene orejas y aprendió a comer zanahoria muy bien
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